La plaza más fotografiada de España se llama Puerta del Sol y no tiene puerta ni ha tenido nunca ningún sol propio: el nombre viene de un adorno solar que decoraba una de las puertas de la muralla cristiana del siglo XII, orientada hacia el este. La muralla desapareció hace siglos. El nombre se quedó, pegado a lo que hoy es, sin discusión, el centro simbólico de todo el país, el lugar que cualquier madrileño usa como referencia cuando alguien de fuera pregunta por dónde empezar a conocer la ciudad.
Esta es la historia real de sus símbolos más fotografiados, desde el Kilómetro Cero hasta el cartel que un alcalde salvó de una ordenanza municipal, pasando por un hotel centenario que hoy vende teléfonos móviles.
El Kilómetro Cero, el punto desde el que se mide toda España
Frente a la Real Casa de Correos, una placa en el suelo marca el Kilómetro Cero, el origen desde el que se miden las seis carreteras radiales de España. El concepto nació en el siglo XIX, con la reorganización de la red de carreteras del país, aunque la placa que hoy pisan miles de turistas cada día para hacerse una foto se instaló en 1950, con una rosa de los vientos que marca las direcciones principales grabada a su alrededor. Es, probablemente, el punto geográfico más fotografiado y menos comprendido de todo Madrid: casi nadie que se agacha a hacerse la foto sabe que está pisando el origen administrativo de la red de carreteras de todo un país, ni que ese pequeño círculo de bronce condiciona, en cierto modo, cómo se organiza el mapa entero de España.
El Oso y el Madroño, un escudo medieval convertido en estatua
La escultura del Oso y el Madroño, en una esquina de la plaza, no se inauguró hasta 1967, obra del escultor alicantino Antonio Navarro Santafé, en piedra y bronce, con 4 metros de altura y 20 toneladas de peso, bastante más voluminosa de lo que muchos visitantes esperan al verla por primera vez en fotos. Aunque la estatua es relativamente reciente, el símbolo que representa es mucho más antiguo: el oso y el madroño forman parte del escudo heráldico de Madrid desde el siglo XIII, cuando resolvieron un conflicto entre la nobleza y la Iglesia sobre el reparto de tierras y pastos alrededor de la ciudad. Setecientos años después, el resultado de aquel conflicto administrativo sigue siendo el punto de encuentro más citado de toda la capital, el típico "nos vemos en el oso" que cualquier madrileño ha dicho alguna vez por teléfono.
El reloj de las uvas, una tradición más reciente de lo que parece
El reloj de la Casa de Correos, el que marca las campanadas de Nochevieja cada 31 de diciembre, no siempre fue tan fiable como hoy. La tradición de comer las doce uvas frente a él se remonta al siglo XIX, pero no se popularizó hasta que, en 1866, se instaló un mecanismo mucho más preciso que el anterior, capaz de marcar la hora con la exactitud que una tradición así necesitaba para funcionar bien delante de miles de personas a la vez. Desde entonces, un gesto que empezó como costumbre de unos pocos madrileños se ha convertido en ritual compartido por buena parte de España cada fin de año, diez segundos de uvas apresuradas frente a las mismas agujas que llevan más de siglo y medio marcando la hora en el mismo edificio.
Tío Pepe, el cartel que un alcalde indultó
El luminoso de Tío Pepe lleva anunciando la bodega jerezana desde 1935, primero en el número 1 de la Puerta del Sol, hasta que en 2011 tuvo que trasladarse al edificio de enfrente por obras en su ubicación original. Antes de ese traslado, el cartel estuvo a punto de desaparecer por completo: una ordenanza municipal contra la contaminación lumínica amenazaba con retirarlo, hasta que el propio alcalde de Madrid le concedió lo que varias crónicas describen literalmente como un indulto, reconociendo su valor sentimental para la ciudad y para varias generaciones de madrileños que lo han tenido como referencia visual de toda la vida. El mismo destino corrió después el luminoso de Schweppes, en el Edificio Carrión de la Gran Vía, perdonado por la misma razón y bajo el mismo criterio de excepción sentimental.
El Hotel de París que hoy vende iPhones
El edificio que hoy ocupa una tienda de Apple fue, durante 142 años, el Hotel de París, uno de los más prestigiosos de la ciudad, con una fachada que apenas ha cambiado pese al cambio radical de negocio en su interior. Por sus salones pasaron nombres como el pintor francés Manet, y su antiguo Café de la Montaña fue punto de encuentro habitual del escritor Valle-Inclán, que seguramente nunca imaginó que, más de un siglo después, el mismo espacio serviría para vender teléfonos móviles a turistas de medio mundo. Su fachada, que hoy enmarca pantallas y logotipos de tecnología, lleva más de un siglo contemplando los mismos acontecimientos que definieron la plaza, solo que con un negocio completamente distinto dentro cada pocas décadas.
Sol, la cabecera original del metro de Madrid
Pocos de quienes bajan hoy a la estación de Sol saben que están pisando la cabecera sur de la primera línea de metro de Madrid, inaugurada el 17 de octubre de 1919 por Alfonso XIII, con un trayecto de 3,48 kilómetros hasta Cuatro Caminos y ocho estaciones en total. La misma línea incluía ya entonces una parada en lo que hoy es Gran Vía, a pocos minutos a pie de la propia Puerta del Sol, formando parte de ese primer trazado con el que arrancó todo el sistema que hoy conecta toda la ciudad. A un paso de ahí, por la Carrera de San Jerónimo, sigue funcionando otro superviviente centenario del mismo barrio: el restaurante Lhardy, abierto desde 1839, casi tan antiguo como la propia idea de Madrid como capital consolidada del país.
Un adorno solar que desapareció con la muralla, un escudo medieval convertido en estatua de bronce, un reloj que tardó un siglo en volverse protagonista de la Nochevieja, y un cartel publicitario que un alcalde decidió indultar. Pocas plazas de España concentran tantas capas de historia en un espacio tan reducido, ni reciben tanta gente cada día sin que casi nadie sepa de verdad lo que está pisando.
Una plaza que nunca deja de cambiar de capa
Lo curioso de la Puerta del Sol es que cada generación le ha añadido algo nuevo sin borrar del todo lo anterior: la muralla medieval dejó el nombre, el siglo XIX dejó el Kilómetro Cero, el siglo XX dejó el Oso, el reloj y el cartel de Tío Pepe, y el siglo XXI ha dejado, de momento, una tienda de tecnología dentro de un hotel centenario. Esa acumulación de capas, más que cualquier monumento concreto, es probablemente lo que explica por qué la plaza sigue funcionando como punto de encuentro casi dos mil años después de que alguien decidiera levantar una puerta en ese mismo lugar exacto.
Este artículo forma parte del Journal de CLUB 28 — crónicas y guías de Madrid contadas desde dentro.