Los leones del Congreso: la historia que nadie cuenta

Los leones del Congreso: la historia que nadie cuenta

Miles de personas pasan cada día junto a los leones que custodian la entrada del Congreso de los Diputados, en la Carrera de San Jerónimo, sin saber que esas dos esculturas de bronce son, en realidad, el tercer intento. Antes hubo dos parejas de leones más, una de ellas tan mal recibida que el pueblo de Madrid le puso un mote que todavía hoy hace gracia leerlo, y que la Comisión de Obras del Congreso tardó bastante en poder olvidar.

Esta es la historia completa, con sus fracasos, su escultor supersticioso y un detalle final que casi nadie descubre por su cuenta, aunque lleve casi dos siglos ahí delante de todos, esperando a que alguien se pare el tiempo suficiente para notarlo.

Antes de los leones, dos fracasos seguidos

El Palacio de las Cortes se inauguró a mediados del siglo XIX en el solar que había dejado el antiguo Convento del Espíritu Santo, arrasado por un incendio, y el proyecto original ni siquiera incluía leones en la fachada. Durante los primeros diez años, unos leones provisionales de yeso ocuparon el hueco mientras se decidía qué hacer de forma definitiva. En 1859 se encargó a José Bellver una pareja permanente, tallada en piedra caliza blanca de Colmenar, que terminó en diciembre de 1860. El resultado fue tan pequeño y de factura tan pobre que Madrid entero se burló de ellos, bautizándolos con los nombres de "Benavides y Malospelos". La Comisión de Obras del Congreso acabó retirándolos, y el marqués de San Juan los compró para decorar la entrada del Jardín de Monforte, en Valencia, donde siguen hoy, casi doscientos años después, lejos del escrutinio que sufrieron en Madrid, custodiando un jardín mucho más discreto del que probablemente nunca imaginaron acabar formando parte.

El escultor que no quería esculpir animales

Para el tercer intento, el encargo recayó en Ponciano Ponzano, uno de los escultores más reconocidos de la España del momento, que en un principio se mostró reacio a aceptar el trabajo. Según la tradición, Ponzano creía que esculpir animales traía mala suerte, una superstición que finalmente tuvo que dejar de lado, quizás sin imaginar que ese encargo acabaría convirtiéndose en una de las obras más reconocibles de toda su carrera, muy por encima de cualquier otra pieza suya, incluidas varias que hoy se conservan en distintos puntos de España con mucho menos reconocimiento popular.

El bronce que venía de una guerra

El material de los leones actuales tiene un origen bastante más violento de lo que sugiere su aspecto solemne: procede de cañones capturados al ejército del sultanato de Marruecos tras la victoria española en la batalla de Wad-Ras, en 1860, dentro de la Guerra de África. Los cañones se fundieron en la Real Fábrica de Artillería de Sevilla, y las esculturas quedaron terminadas en 1865, con el reconocimiento general del público y de la crítica, salvo el de un grupo de diputados que consideraba que un material procedente de una guerra no era lo bastante digno para decorar la entrada de las Cortes. Esa resistencia explica, en parte, por qué los leones no llegaron a colocarse en su ubicación actual hasta abril de 1872, siete años después de estar terminados, siete años en los que las esculturas esperaron en algún almacén mientras se debatía si merecían o no el lugar que hoy ocupan.

Por qué se llaman Daoíz y Velarde

El nombre con el que hoy se conoce a los leones no fue una decisión oficial, sino un bautismo popular. Madrid decidió llamarlos Daoíz y Velarde, en honor a los dos oficiales de artillería del cuartel de Monteleón que se convirtieron en héroes del levantamiento del 2 de mayo de 1808 contra las tropas francesas. Ambos cuentan también con su propio grupo escultórico en la plaza del mismo nombre, sobre el solar donde estuvo su cuartel, así que el homenaje a estos dos militares se repite en más de un punto de la ciudad, aunque pocos madrileños conecten ambos monumentos entre sí sin que alguien se lo señale primero. Curiosamente, el material de los leones (bronce de guerra) y el nombre que recibieron (héroes de otra guerra distinta, más de medio siglo anterior) no tienen relación histórica directa entre sí, es solo el pueblo el que decidió unir ambas historias en una sola figura.

El detalle que nadie ve a simple vista

Aquí llega la curiosidad que más circula sobre estos leones, aunque casi nadie la comprueba en persona: a pesar de parecer idénticos, uno pesa 2.669 kilos y el otro 2.220, y la diferencia más comentada es que uno de ellos tiene los atributos genitales completos y el otro no. La tradición oral cuenta que Ponzano, al quedarse corto de bronce procedente de los cañones de Wad-Ras, decidió dejar a uno de los dos leones sin esa parte de la anatomía, ocultando la ausencia bajo la cola enroscada del animal. Esa peculiaridad ha llevado a más de uno a confundirlos con Hipómenes y Atalanta, los amantes que la diosa Cibeles convirtió en leones para que tirasen eternamente de su carro, aunque esos leones concretos, los de verdad asociados al mito, están en otro punto de Madrid completamente distinto, custodiando la fuente de Cibeles, a menos de un kilómetro de distancia pero sin ninguna relación real entre ambas parejas de esculturas.

Tres intentos, un escultor supersticioso, un material sacado de una guerra y un detalle anatómico que ha generado más curiosidad que casi cualquier otra estatua de la ciudad. La próxima vez que subas la escalinata del Congreso, o simplemente pases por delante camino de otro sitio, quizá merezca la pena pararse un segundo a mirar cuál de los dos leones tiene la cola más enroscada, y por qué.

Dónde verlos y qué mirar de cerca

Los leones están en la fachada principal del Congreso de los Diputados, en la Carrera de San Jerónimo, flanqueando la escalinata de entrada, visibles desde la calle sin necesidad de reserva ni entrada de ningún tipo, ya que el edificio en sí solo se visita con cita previa los fines de semana. Es uno de esos monumentos de Madrid que casi todo el mundo ha fotografiado alguna vez sin fijarse realmente en los detalles: la posición de la cola, el tamaño de la melena, la ligera diferencia de postura entre ambos ejemplares, o el propio peso desigual que separa a uno del otro por más de cuatrocientos kilos. Si vas expresamente a buscar la diferencia anatómica que ha dado tanto que hablar, conviene acercarse lo suficiente y mirar con calma, porque desde la distancia habitual de una foto rápida es prácticamente imposible de apreciar.

Para quien quiera profundizar más allá de la anécdota, el propio Palacio de las Cortes organiza visitas guiadas gratuitas los sábados, con reserva previa a través de la web oficial del Congreso, que incluyen el interior del edificio y su propia colección de arte, mucho menos conocida que la fachada pero igual de interesante para quien se toma en serio la historia política y artística de la ciudad, y que rara vez aparece mencionada junto a la anécdota de los leones, a pesar de formar parte del mismo edificio.

Los datos históricos de este artículo están documentados por varias fuentes especializadas en patrimonio madrileño; los aspectos de tradición oral se presentan como tales, sin pretensión de exactitud histórica absoluta.

Este artículo forma parte del Journal de CLUB 28 — crónicas y guías de Madrid contadas desde dentro. Foto: Concepcion AMAT ORTA, 7 de abril de 2011. Imagen recortada de la original.