Desde lo alto de la calle Alcalá, la diosa Minerva vigila el centro de Madrid desde hace décadas, en una de las azoteas más fotografiadas de la ciudad. Lo que casi nadie sabe es que esa estatua formaba parte del proyecto original del edificio desde el primer boceto, y que tardó casi cuarenta años en llegar a coronarlo, por un motivo tan poco glamuroso como la falta de presupuesto, dejando al edificio incompleto durante más tiempo del que la mayoría de sus visitantes actuales llevan vivos.
Esta es la historia real del Círculo de Bellas Artes, otro edificio firmado por el arquitecto que ya conocemos de sobra por estas páginas, y otra vez con un episodio poco conocido detrás de su fachada más fotografiada.
Otra vez Antonio Palacios
En marzo de 1919, la institución del Círculo de Bellas Artes, fundada en 1880, convocó un concurso para construir su sede social en el solar que habían ocupado los jardines del palacete del marqués de Casa Riera, en plena calle Alcalá, en pleno corazón del Madrid que empezaba a modernizarse a toda prisa. Ganó el proyecto de Antonio Palacios, el mismo arquitecto que ya dejó su huella en la Casa Palazuelo, en buena parte de las estaciones del metro madrileño, y cuyo propio discípulo, Pedro Muguruza, firmó el Palacio de la Prensa de la plaza de Callao. Palacios no era un aspirante cualquiera al concurso: había sido presidente de la Sección de Arquitectos del propio Círculo entre 1910 y 1916, y desde ese cargo había participado activamente en la búsqueda de la nueva sede, conociendo de primera mano las necesidades reales de la institución antes incluso de presentar su propuesta. El jurado, formado por Enrique Repullés, Luis Bellido y Teodoro Anasagasti, eligió su propuesta entre las presentadas.
La Minerva que tardó 40 años en llegar
El proyecto original de Palacios ya incluía una gran estatua coronando la azotea, pero el presupuesto de la obra no llegó para materializarla en su momento. En 1925, el escultor José Capuz realizó un prototipo en escayola para esa futura escultura, del que solo se conserva una fotografía publicada al año siguiente en la revista Arquitectura del Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid. Por distintos problemas, aquel proyecto nunca llegó a ejecutarse en bronce. La estatua definitiva de Minerva, obra del escultor Juan Luis Vassallo, no se instaló finalmente hasta 1964, casi cuarenta años después de la inauguración del edificio en 1926, a la que asistió el propio rey Alfonso XIII. Minerva, diosa romana de la sabiduría y las artes, era además el emblema de la institución desde su fundación en 1880, así que su ausencia durante casi cuatro décadas debió sentirse, para más de un socio del Círculo, como una promesa pendiente de cumplir, algo especialmente irónico tratándose precisamente de la diosa que da nombre y sentido simbólico a todo el edificio.
Un rascacielos americano en plena calle Alcalá
Al exterior, el edificio muestra un diseño marcadamente vertical, con clara inspiración en los rascacielos norteamericanos que empezaban a definir el perfil de las grandes ciudades de la época. Cada planta reduce su volumen a medida que gana altura, coronado por un gran torreón escalonado junto a la propia estatua de Minerva. Con 48 metros de altura hasta el cuerpo principal del edificio, y hasta 56 metros contando la azotea, el proyecto tuvo, como casi todos los que firmó Palacios, serios problemas para conseguir la licencia municipal por exceso de altura, un patrón que se repite en varios de sus edificios más conocidos de la ciudad y que dice bastante de lo poco convencional que resultaba su forma de proyectar dentro del Madrid de la época, siempre chocando con una normativa pensada para edificios mucho más modestos.
El sótano que fue checa
No toda la historia del edificio es tan luminosa como su fachada. Al comienzo de la Guerra Civil española, en el sótano del edificio se instaló una checa de detención perteneciente al Comité Provincial de Investigación Pública, uno de los muchos centros clandestinos de detención que proliferaron en Madrid durante los primeros meses del conflicto, en edificios de toda condición repartidos por la ciudad. Es un episodio que rara vez aparece en las visitas guiadas centradas en la arquitectura del edificio, pero que forma parte de su historia completa, con el mismo peso que la Minerva o el salón de baile, aunque sea la parte que menos encaja con la imagen actual del lugar como espacio cultural y de ocio abierto a todo el público, sin ninguna referencia a ello en la mayoría de los recorridos turísticos habituales.
Cómo visitar la azotea hoy
El acceso a la azotea, abierta de lunes a domingo, cuesta 5 euros, con tarifa reducida de 4 euros para el carné joven, y no incluye reserva de mesa en la zona de cafetería y restaurante. Todos los martes, de 11:00 a 14:00, la entrada es gratuita para personas desempleadas que acrediten esa situación con la documentación correspondiente. Desde la terraza, situada a 56 metros de altura, se puede ver hasta la sierra de Guadarrama en días despejados, y en primer plano destaca la Victoria Alada del cercano edificio Metrópolis, otra escultura icónica de Madrid que corona un edificio distinto a escasos minutos de distancia, formando junto a Minerva una especie de diálogo silencioso entre dos diosas aladas que llevan décadas vigilando la misma calle desde tejados diferentes. El edificio está en la calle Alcalá 42, con entrada por la calle Marqués de Casa Riera, y la parada de metro más cercana es Banco de España, en la línea 2.
Más que una azotea con vistas
Reducir el Círculo de Bellas Artes a su terraza y su estatua sería quedarse con la mitad de la historia. El edificio alberga también salas de exposiciones, un cine, un teatro (el Teatro Fernando de Rojas, conectado directamente con el salón de baile original) y una programación cultural constante que va de conciertos a conferencias, además de la cafetería de la planta baja, conocida popularmente como La Pecera por sus grandes ventanales acristalados que dan directamente a la calle Alcalá. Sigue siendo, más de un siglo después de su fundación como institución, un espacio de encuentro para artistas, escritores y cualquiera que quiera sentarse a tomar algo rodeado de gente hablando de cine, literatura o arte, exactamente la función para la que se pensó desde el principio, mucho antes de que la terraza se convirtiera en su reclamo más fotografiado y en el motivo principal por el que la mayoría de turistas termina cruzando su puerta.
Un edificio pensado desde el principio para llevar una diosa en la cabeza, que tuvo que esperar cuarenta años para completar su propio diseño. Pocas azoteas de Madrid cuentan una historia de paciencia tan larga detrás de una estatua que hoy parece llevar ahí toda la vida, como si nunca hubiera faltado.
Los precios y horarios de la azotea corresponden a mediados de 2026 y pueden variar; conviene confirmar en la web oficial antes de planear una visita.
Este artículo forma parte del Journal de CLUB 28 — crónicas y guías de Madrid contadas desde dentro.