Todo el mundo que visita Madrid acaba, tarde o temprano, en la misma churrería del centro, la de las colas a las cinco de la mañana y el sistema de tickets para que no se descontrole la fila. Está bien, es una institución con más de un siglo de historia y hay motivos para ir al menos una vez. Pero si vives aquí y desayunas churros más de una vez al año, seguramente ya sepas que la churrería de verdad, la de cada domingo, no es esa. Es la de tu barrio, la que no sale en ninguna guía turística porque nunca lo ha necesitado, y a la que probablemente lleves yendo desde antes de saber que existían otras opciones.
Fui a buscar exactamente esas, con un único criterio: que llevaran años, que las porras se sigan amasando a mano en algún punto del proceso, y que el barrio las de por sentadas sin necesitar explicarlas. No hay ranking ni orden de preferencia entre las cinco, cada una responde a un barrio y a una forma distinta de entender lo mismo: harina, aceite hirviendo y paciencia.
Lo que separa una buena churrería de una que solo cumple
No hace falta ser un experto para notar la diferencia entre un churro bien hecho y uno mediocre, pero sí ayuda saber qué mirar. El aceite tiene que estar a la temperatura correcta desde el primer churro del día, no calentarse poco a poco según entran clientes, porque eso es lo que marca la diferencia entre un exterior crujiente y uno que se queda blando en cuestión de minutos. Las porras llevan bicarbonato y se notan más esponjosas por dentro, mientras que el churro clásico, en forma de lazo o de estrella, tiene que sonar al partirlo, casi como si crujiera. Y el chocolate, si de verdad se prepara en el local y no viene de un sobre, se nota en la textura, más espeso y menos dulce de lo que la mayoría espera la primera vez.
Con esos tres criterios en la cabeza, es mucho más fácil distinguir una churrería de las de verdad de una que simplemente aprovecha la demanda de un domingo por la mañana. Y hay un cuarto detalle, menos técnico pero igual de fiable: mira quién hace cola. Si es sobre todo gente del barrio, con el periódico bajo el brazo o el perro atado a la puerta, vas bien. Si la cola es casi toda de maletas de ruedas, probablemente estés en la churrería equivocada, por muy famosa que sea.
La Andaluza, en Tetuán
En la calle Hernani, muy cerca de Cuatro Caminos, La Andaluza lleva más de treinta años haciendo porras y buñuelos a mano, un detalle que cada vez es más raro de encontrar porque casi nadie amasa ya los buñuelos, un dulce en peligro de extinción en el resto de la ciudad. Tiene una nota de 4,6 sobre casi 500 reseñas en Google, cifra notable para un local diminuto, sin apenas sitio para sentarse, que cierra a primera hora de la tarde porque no guardan nada de un día para otro. Empiezan a las cuatro de la madrugada y no paran hasta que se acaba la masa del día, lo que en la práctica significa que si llegas tarde un domingo, es bastante probable que ya no quede nada.
Lo que más me gusta de este sitio es que no ha intentado crecer nunca. Sigue siendo el mismo mostrador pequeño, la misma gente detrás, y el mismo barrio esperando en fila sin necesidad de que nadie lo anuncie en redes.
Fórmula Nietos, en Embajadores
Fundada en 1975 por los hermanos Nieto, Fórmula Nietos es de esas churrerías que han visto cambiar el barrio de Embajadores varias veces sin cambiar ellos mismos casi nada. El chocolate se sigue preparando en casa y los churros mantienen el punto crujiente que hizo que varias generaciones del barrio crecieran desayunando ahí antes de ir al colegio o de camino al trabajo. No es el sitio más fotogénico de esta lista, y esa es, para mí, parte de por qué sigue funcionando después de cincuenta años: nunca tuvo que competir por la foto, solo por que la gente volviera al día siguiente.
La Churrería de Miguel, en Latina
Con más de medio siglo dando de desayunar a los barrios de Los Cármenes, Puerta del Ángel, Lucero, Aluche, Campamento, Cuatro Vientos y Las Águilas, La Churrería de Miguel es probablemente la que menos turista ve de toda esta lista, simplemente porque está lejos de cualquier ruta habitual. Eso no es un defecto, es justo lo que la hace interesante: una churrería que existe únicamente para el barrio que la rodea, sin ninguna necesidad de atraer a nadie más. Si buscas esta churrería sin conocer bien la zona, prepárate para coger algún autobús, porque no está pensada para pasar por casualidad.
Los Artesanos 1902, en Cuatro Caminos
Con cinco generaciones de la misma familia detrás, Los Artesanos 1902 es de las pocas churrerías centenarias de Madrid que además ha sabido adaptarse sin perder el oficio: churros con azúcar, cubiertos de chocolate, porras clásicas, y una opción sin gluten que casi ninguna otra churrería tradicional de esta lista ofrece. Si tuviera que ponerle un pero, es que su popularidad ya la ha sacado un poco del radar de solo-vecinos, y los fines de semana empieza a notarse cola, algo que en las anteriores de esta lista todavía no pasa. Es, en cierto modo, la prueba de que ser bueno durante más de un siglo tiene un coste: en algún momento deja de ser un secreto de barrio y empieza a serlo de toda la ciudad.
Aun así, sigue mereciendo la pena por el chocolate solo, que ofrecen en varias versiones (puro, con nata, al ron), algo que ninguna de las otras cuatro churrerías de esta lista se plantea siquiera.
Manosanta, la que rompe la norma en Salamanca
La única de esta lista que no juega a la tradición, sino a llevarla a otro sitio. Manosanta, en el barrio de Salamanca, mantiene la base del churro clásico pero se atreve con combinaciones que ninguna churrería centenaria haría, como un sándwich de churro relleno de helado artesano que han bautizado "Pecado Mortal". No es para todos los días, y desde luego no es la experiencia castiza que buscas en las otras cuatro, pero merece un sitio aquí precisamente porque demuestra que innovar sobre un clásico madrileño no tiene por qué significar perder lo que lo hace bueno, solo hay que tener claro qué parte de la receta es sagrada y cuál admite juego.
Cinco churrerías, cinco barrios, y ninguna necesita que la recomiende una guía turística para llenarse cada fin de semana. Si algo tienen en común, más allá de la masa y el aceite, es que ninguna ha cambiado su forma de trabajar para parecerse más a lo que se supone que debe ser una churrería de Instagram. Siguen haciendo lo mismo de siempre, cada una a su manera, y el barrio sigue volviendo exactamente por eso, no por ninguna otra razón que haya que explicar con palabras bonitas. La próxima vez que alguien te pregunte dónde están los mejores churros de Madrid, quizá la respuesta correcta no sea un nombre, sino una pregunta: ¿de qué barrio eres?
Los horarios y los precios de este artículo corresponden a mediados de 2026; conviene confirmar antes de ir, sobre todo si madrugas para pillar la masa recién hecha.
Este artículo forma parte del Journal de CLUB 28 — crónicas y guías de Madrid contadas desde dentro.