Pocos barrios del mundo pueden decir que, en apenas unas calles, vivieron a la vez Cervantes, Lope de Vega, Quevedo, Góngora, Tirso de Molina y Calderón de la Barca, muchos de ellos como vecinos directos y no pocos como enemigos declarados. El Barrio de las Letras no es un nombre turístico inventado para vender visitas guiadas: es, sencillamente, el barrio donde nació buena parte de la literatura española tal como la conocemos hoy, calle a calle y casa a casa.
Esta es la historia del barrio entero, más allá de la Plaza de Santa Ana que ya recorrimos con detalle, y de las calles que lo rodean, cada una con su propia anécdota literaria a cuestas.
Un nombre popular que nunca fue oficial
El barrio nació en el siglo XVI, cuando Felipe II estableció en Madrid la capital del reino en 1561, y las calles comprendidas entre el Paseo del Prado, la calle de Atocha y la Carrera de San Jerónimo se llenaron de escritores, actores y dramaturgos atraídos por los corrales de comedias cercanos, que funcionaban como el gran imán cultural de toda la ciudad en aquella época. Su nombre oficial es, en realidad, barrio de Cortes, dentro del distrito Centro, aunque prácticamente nadie en Madrid lo llama así: para todo el mundo es el Barrio de las Letras, o incluso, en su versión más antigua, el "barrio de las musas" o "de los comediantes".
La casa de Lope está en la calle Cervantes, no al revés
Uno de los detalles que más sorprende a quien recorre el barrio por primera vez es esta pequeña ironía urbanística: la Casa-Museo de Lope de Vega, donde el dramaturgo vivió desde 1610 hasta su muerte en 1635, se encuentra en el número 11 de la calle Cervantes, y no en ninguna calle con su propio nombre. La casa conserva su estructura y mobiliario original, declarada monumento histórico-artístico desde 1935, y permite hacerse una idea bastante precisa de cómo vivía uno de los autores más prolíficos de la historia de la literatura, con su propia biblioteca y objetos personales todavía dispuestos en las habitaciones, casi como si el propio Lope hubiera salido un momento y fuera a volver enseguida.
Quevedo, Góngora y una venganza inmobiliaria
El barrio no solo acogió a grandes genios, también a rivalidades célebres. Francisco de Quevedo y Luis de Góngora, enfrentados durante años en una guerra de poemas satíricos que todavía hoy se estudia en cualquier curso de literatura del Siglo de Oro, llegaron a ser vecinos casi por accidente. Según cuenta la tradición, Quevedo compró la propia casa de Góngora en un gesto deliberado de burla, con la intención expresa de echarlo de allí. Es difícil imaginar una venganza literaria más literal que comprar la vivienda de tu enemigo solo para desalojarlo, un episodio que resume bastante bien el tono nada solemne que también tenía, a veces, la vida literaria de este barrio.
Un barrio que se lee con los pies
Pocos barrios de Madrid convierten la propia calle en soporte literario de forma tan directa. En varios tramos, sobre todo en la calle de las Huertas, los adoquines llevan grabadas citas y fragmentos de obras de los escritores que vivieron aquí, del Quijote a versos de Lope de Vega, así que caminar por el barrio sin mirar al suelo significa perderse buena parte de lo que tiene que contar, una experiencia poco habitual en cualquier otro punto de la ciudad. La propia calle de Lope de Vega, además, no siempre se llamó así: antes de 1935 era conocida como calle de Cantarranas, un nombre bastante menos poético que venía de las ranas que poblaban las charcas cercanas a las huertas del Convento de San Jerónimo, de donde también toma su nombre la calle de Huertas.
Iglesia de San Sebastián, testigo de bautizos y funerales
En la calle de Atocha, la Iglesia de San Sebastián, construida originalmente en el siglo XVI, fue escenario de algunos de los momentos más significativos de la vida literaria del barrio: acogió el bautizo del dramaturgo Ramón de la Cruz y los funerales tanto de Cervantes como de Lope de Vega, aunque ninguno de los dos está enterrado allí. Cervantes descansa, según reconoce el propio convento, en las Trinitarias Descalzas, muy cerca de la propia Casa-Museo de Lope de Vega, en una calle que hoy lleva precisamente el nombre del autor del Quijote.
El Ateneo, la tertulia que nunca cerró del todo
El Ateneo de Madrid, institución cultural fundada en el siglo XIX, sigue funcionando hoy como espacio de exposiciones, música en directo y lecturas de poesía, heredero directo del espíritu de tertulia que definió al barrio durante siglos. Es de esos lugares que rara vez aparecen en las listas turísticas más superficiales, a pesar de llevar generaciones enteras sosteniendo la vida cultural de la zona casi sin interrupción.
Un barrio con tráfico restringido a propósito
Desde el 22 de septiembre de 2008, el Ayuntamiento de Madrid declaró el barrio Área de Prioridad Residencial, una figura que restringe el tráfico rodado en buena parte de sus calles, salvo para residentes, transporte público, servicios y urgencias. La medida amplió además varias zonas peatonales, entre ellas Huertas y la propia calle Cervantes, consolidando el ambiente tranquilo que hoy distingue al barrio del bullicio del cercano Sol.
El mercado que solo aparece dos sábados al mes
El primer y tercer sábado de cada mes, los comerciantes del barrio organizan el Mercado de las Ranas, sacando sus productos a la calle y animando el ambiente con conciertos y teatro callejero. Es una cita local, poco conocida fuera del propio barrio, que recupera de algún modo el espíritu comercial y de encuentro que ya tenía esta zona siglos atrás, cuando las tertulias literarias se mezclaban con la vida cotidiana del barrio sin ninguna distinción entre una cosa y otra, entre el verso recién escrito y la compra del día.
Dónde parar en el camino
El Barrio de las Letras no se agota en sus monumentos literarios. En la calle de Huertas, la vermutería Casa Alberto, abierta desde 1827, sigue sirviendo su propio vermú artesanal en la misma barra que ha visto pasar generaciones enteras de vecinos y visitantes. Y muy cerca, en la Carrera de San Jerónimo, el histórico Lhardy completa el mapa gastronómico de una zona que combina, sin ninguna contradicción, cultura literaria y tradición de barra en las mismas calles.
Un barrio que nunca tuvo nombre oficial propio, y que sin embargo es imposible confundir con ningún otro rincón de Madrid: calles que se leen con los pies, una rivalidad literaria resuelta a base de ladrillo, y una iglesia que despidió a dos genios sin llegar a enterrar a ninguno de los dos. Pocos barrios concentran tanta literatura por metro cuadrado sin necesitar ni un solo cartel que lo anuncie, y esa discreción, más que cualquier placa conmemorativa, es probablemente lo que mejor explica por qué sigue sintiéndose tan vivo siglos después de que se fueran quienes le dieron nombre.
Este artículo forma parte del Journal de CLUB 28 — crónicas y guías de Madrid contadas desde dentro.