Antes de llenarse de terrazas y turistas buscando la mejor caña, la plaza de Santa Ana fue el epicentro del teatro español durante más de dos siglos, el punto donde vivían y trabajaban Lope de Vega, Calderón de la Barca y Cervantes casi puerta con puerta, en un radio de apenas unas cuantas calles. Hoy, entre bares y hoteles, todavía se pueden encontrar los rastros exactos de aquel barrio, para quien sepa dónde mirar.
Esta es la historia del corazón del Barrio de las Letras, desde el convento que ocupaba el solar hasta el hotel donde se alojaba Manolete, pasando por bares que llevan más de un siglo sirviendo lo mismo a la misma clase de clientela habitual.
Del convento derribado a plaza de teatro
El espacio que hoy ocupa la plaza perteneció originalmente al convento de Carmelitas Descalzas de Santa Ana, derribado en 1810 durante el reinado impuesto de José Bonaparte. En su solar se plantaron árboles, se instaló una fuente y una estatua en bronce de Carlos I, muy distinta de las que hoy decoran la plaza. El barrio que la rodeaba ya tenía nombre propio desde el siglo XVI: se le conocía como barrio de San Sebastián, por la cercana iglesia del mismo nombre, y era el punto de encuentro habitual de actores, dramaturgos, músicos, poetas y alquiladores de vestuario teatral, atraídos por los dos corrales de comedias más importantes de todo Madrid, el del Príncipe y el de la Pacheca. Calderón de la Barca, Lope de Vega y Cervantes vivieron y trabajaron en esta misma zona, en un momento en que el teatro era, con diferencia, el entretenimiento favorito de la ciudad.
El Teatro Español, superviviente de un incendio
En el lado este de la plaza, sobre el mismo solar que ocuparon los antiguos corrales, se levanta hoy el Teatro Español. Un incendio en 1802 dejó en pie solo la estructura exterior, y su reconstrucción corrió a cargo de Juan de Villanueva, el mismo arquitecto responsable del edificio del Museo del Prado, que amplió el escenario y la fachada y dio al interior un estilo decorativo inspirado en el Palacio Real. Durante el reinado de Isabel II pasó a llamarse Teatro Español, al convertirse en teatro nacional, y en 1851 quedó bajo gestión del Ayuntamiento de Madrid, tal como sigue hoy. Todavía conserva el Palco del Alcalde y el Palco del Rey, este último accesible mediante un ascensor real de principios de siglo que sigue en perfecto estado de funcionamiento, una reliquia que pocos espectadores llegan a ver de cerca durante una función normal.
Dos estatuas mirando al mismo escenario
En el lado más arbolado de la plaza, junto a la calle del Príncipe, se levanta el monumento a Calderón de la Barca, obra en mármol y bronce de Joan Figueras Vila, terminada el 3 de diciembre de 1879 e inaugurada oficialmente en enero de 1880. Muestra al dramaturgo sentado, vestido con ropajes eclesiásticos porque efectivamente llegó a ser sacerdote, con relieves en la base que representan escenas de sus obras más conocidas, entre ellas "La vida es sueño" y "El alcalde de Zalamea". Frente al Teatro Español, una estatua mucho más sencilla y moderna representa a Federico García Lorca, obra del escultor Julio López Hernández, creada en 1986 pero instalada en la plaza diez años después, en 1996. La figura, a tamaño natural, sostiene una alondra en la mano, a punto de levantar el vuelo, mirando hacia la misma fachada que Calderón lleva observando desde hace casi siglo y medio.
El hotel de los toreros
En el lado oeste de la plaza se alza el hotel ME Reina Victoria, inaugurado en 1923 y bautizado en honor a la esposa de Alfonso XIII. Durante décadas fue el alojamiento preferido de los toreros que iban a torear a Las Ventas, entre ellos Manolete, que se alojaba habitualmente en la habitación 406. Por sus habitaciones también han pasado personalidades del cine, la música y la literatura, atraídos tanto por la ubicación como por la terraza de la azotea, The Roof, uno de los miradores más completos sobre el centro histórico de Madrid en los meses de verano, con vistas que abarcan buena parte de los tejados del Barrio de las Letras.
Los bares que llevan un siglo sirviendo lo mismo
Muy pocas plazas de Madrid conservan tantos negocios centenarios en tan poco espacio, en la línea de otros bares de barrio con historia repartidos por la ciudad. La Cervecería Alemana, abierta en 1904, sigue sirviendo cerveza en jarra en el mismo local que frecuentaban toreros como Luis Miguel Dominguín y escritores como Ernest Hemingway durante sus estancias en la ciudad. La cafetería La Suiza, fundada en 1879, sigue siendo célebre por su leche merengada. Y el antiguo tablao flamenco Villa Rosa, de los años treinta, conserva su decoración original de azulejos andaluces y arcos de herradura, tanto por dentro como por fuera, casi un siglo después de su apertura.
Una plaza que nació sobre un convento derribado, se llenó de dramaturgos durante el Siglo de Oro, y hoy sigue funcionando como uno de los puntos de encuentro más vivos de Madrid, sin que la mayoría de quienes se sientan en sus terrazas sepan que están pisando, literalmente, el escenario donde nació el teatro español moderno.
A un paso, la tumba de Cervantes
A pocos metros de la plaza, en la calle de Lope de Vega, el Convento de las Trinitarias Descalzas guarda el sepulcro de Miguel de Cervantes, autor de "Don Quijote de la Mancha" y vecino de este mismo barrio durante buena parte de su vida. Es un dato que casi nunca aparece en las guías turísticas generales de la plaza, a pesar de estar a menos de cinco minutos andando, y que cierra el círculo de una zona que sigue siendo, más de cuatro siglos después, el barrio donde vivieron, escribieron y murieron los autores que definieron la literatura española del Siglo de Oro, sin necesitar ningún cartel que lo recuerde en cada esquina.
Cómo vivirla hoy sin perderse la historia
Hoy la plaza funciona sobre todo como zona de terrazas, con turistas y vecinos mezclados a partes iguales en cualquier tarde de buen tiempo. Es fácil quedarse solo con esa capa superficial, la de la caña y la ración, sin levantar la vista hacia las dos estatuas que la flanquean ni fijarse en las fachadas que las rodean. Basta con caminarla despacio una vez, sin ninguna prisa, para empezar a distinguir las capas de historia superpuestas: el teatro que sobrevivió a un incendio, el hotel de los toreros, los bares centenarios, y las dos estatuas de escritores que llevan más de un siglo, uno de ellos, y menos de treinta el otro, observando el mismo escenario desde ángulos distintos.
Los horarios de los establecimientos históricos mencionados en este artículo pueden variar; conviene confirmar antes de una visita planificada expresamente en torno a ellos.
Este artículo forma parte del Journal de CLUB 28 — crónicas y guías de Madrid contadas desde dentro.