Madrid tiene cerca de un centenar de iglesias, lo que la convierte en la segunda ciudad española con más templos, solo por detrás de Sevilla. La mayoría de la gente que vive aquí ha pasado por delante de al menos media docena de ellas sin darse cuenta, porque cuando algo está en tu camino todos los días, deja de verse. Yo mismo llevaba años cruzando una calle de Chueca sin saber que, detrás de una puerta discreta, había una capilla ovalada cubierta de frescos de arriba a abajo, a menos de cinco minutos de donde tomo café cada semana.
No he incluido aquí ni la Almudena ni San Francisco el Grande, que ya conoce todo el mundo y con razón, ambas merecen su propia entrada algún día. Esta es la otra lista, la de las que están igual de cerca pero nadie mira dos veces, elegidas todas por el mismo criterio: que tengan algo que contar más allá de la fachada, en la línea de lo que ya hicimos con la guía de museos.
San Manuel y San Benito, frente al Retiro
En plena calle de Alcalá, justo enfrente del parque del Retiro, cientos de personas pasan cada día junto a esta iglesia neobizantina sin levantar la vista del móvil. Es obra del arquitecto Fernando Arbós, el mismo que diseñó el Panteón de Hombres Ilustres, y comparte con él ese estilo tan decorativo y poco habitual en Madrid que cuesta ubicar a primera vista: cúpulas doradas, arcos de herradura, una fachada que parece sacada de otra ciudad. El terreno se lo donó la viuda de un empresario catalán para que sirviera de panteón a su marido y, cuando llegara el momento, a ella misma.
Lo que más me sorprende cada vez que paso por delante es lo poco que destaca desde la acera de enfrente, entre el tráfico de Alcalá y la entrada del Retiro. Hay que cruzar la calle y pararse de verdad para que el contraste con el resto de la fachada urbana se note.
La capilla del "Cachito de cielo", en Chueca
En la travesía de Belén, a apenas unos metros de una de las plazas con más ambiente de Madrid, hay una capilla tan discreta desde fuera que es fácil pasar de largo sin sospechar lo que esconde: una de las pocas iglesias de España con planta ovalada, completamente cubierta de pintura al fresco, tanto la bóveda como las paredes. El chapitel exterior tiene forma octogonal, una solución que en su época servía para ahorrar costes de construcción, en un momento en que el país no estaba para dispendios. El apodo de "Cachito de cielo" no es casualidad, entrar ahí después de venir de la plaza de Chueca un sábado por la noche es un cambio de registro bastante brusco, del ruido de las terrazas al silencio absoluto en cuestión de veinte metros.
San Antonio de los Alemanes, la elipse pintada
En la calle de la Puebla, cerca de Gran Vía, hay otra planta ovalada, esta vez en forma de elipse pura, y es el único templo de Madrid construido así. San Antonio de los Alemanes, fundada por Felipe III a principios del siglo XVII, se llamó primero San Antonio de los Portugueses, porque el rey la ofreció a los peregrinos del país vecino que pasaban por la ciudad, antes de que un cambio posterior de administración le diera el nombre alemán que conserva hoy. Está completamente pintada al fresco, y la sensación de entrar en un óvalo perfecto cubierto de imágenes de arriba abajo es de las cosas más raras que puede ofrecer una iglesia en el centro de Madrid.
Curiosamente, a pesar del cambio de nombre y de comunidad, sigue funcionando hoy como parroquia vinculada a la colonia alemana de la ciudad, un hilo de continuidad histórica que casi nadie que pasa por Gran Vía se para a pensar que sigue vivo.
La ermita que pagó el rescate de Cervantes
El Monasterio de San Ildefonso y San Juan de Mata, fundado a comienzos del siglo XVII, tiene una historia que suena a leyenda pero está documentada: se dice que fue esta orden religiosa la que pagó el rescate de Miguel de Cervantes cuando estuvo cautivo en Argel, y por eso, tras su muerte, fue enterrado allí. El edificio en sí es de una sobriedad que contrasta con casi todo lo demás de esta lista, fachada de piedra sin adornos, tres arcos de medio punto de entrada, nada que grite desde fuera. Dentro se conserva un retablo barroco que narra un episodio distinto, la casulla milagrosa impuesta a San Ildefonso, pero la razón real por la que merece una visita es la que no está escrita en ningún cartel de la entrada.
Me parece de las historias más raras de toda esta lista, precisamente porque no hay ningún monumento grande ni ninguna placa llamativa que la anuncie. Si no la buscas expresamente, es muy fácil que el edificio te pase completamente desapercibido, cosa que probablemente no debería pasar con el sitio donde descansa el autor de la novela más traducida de la historia después de la Biblia.
Ermita de la Virgen del Puerto, junto a Madrid Río
En el Paseo de la Virgen del Puerto, muy cerca de la ribera del Manzanares, esta ermita es reconstrucción de la original que Pedro de Ribera construyó entre 1716 y 1718, uno de los primeros ejemplos de arquitectura barroca en España, y que quedó completamente destruida durante la Guerra Civil. Durante siglos fue el punto de celebración de la romería madrileña en honor a la Virgen del Puerto, la conocida como verbena de la melonera, que sigue celebrándose en la actualidad, aunque con mucha menos gente de la que probablemente merece.
Lo que la hace especial no es solo la arquitectura, es la ubicación: al borde del río, con Madrid Río a un lado y el Palacio Real asomando al otro, un rincón que la mayoría de la gente que pasea por la zona simplemente atraviesa camino de otro sitio, sin saber que ahí se sigue celebrando una tradición con siglos de antigüedad.
Basílica de San Miguel, la embajada del Vaticano
Junto al Palacio Arzobispal, en pleno Madrid de los Austrias, la Basílica de San Miguel es uno de los pocos ejemplos de barroco italiano puro que hay en la ciudad, con una fachada sinuosa y convexa que merece pararse a mirar antes de entrar. Dentro, los frescos de la cúpula y las pechinas son obra de Bartolomeo Rusca. Lo más curioso, y lo que la mayoría de quien pasa por delante no sabe, es que este edificio funciona como Nunciatura apostólica, es decir, tiene rango de embajada de la Santa Sede, algo que ninguna otra iglesia de Madrid puede decir de sí misma.
Pasar por la calle de San Justo y no saber que ese edificio tiene, en la práctica, el mismo estatus diplomático que una embajada de país es de esas cosas que cambian por completo cómo miras la fachada la siguiente vez que pasas.
Santa Bárbara, la iglesia pegada al Tribunal Supremo
En la plaza de las Salesas, junto al Palacio de Justicia, la iglesia de Santa Bárbara forma parte de lo que fue el convento de las Salesas Reales, fundado en 1748 por la reina Bárbara de Braganza como colegio para hijas de la nobleza y posible retiro para ella misma si su marido, Fernando VI, moría antes. No fue así: el rey murió después que ella, y ambos acabaron enterrados en un mausoleo diseñado por Sabatini dentro de la propia iglesia, donde siguen hoy. En 1870 el Estado se quedó con el convento para convertirlo en Palacio de Justicia, sede actual del Tribunal Supremo, y dejó la iglesia abierta al culto, hasta que en 1891 pasó a ser parroquia.
Lo que más llama la atención de Santa Bárbara no es solo su escalinata ni su fachada, sino lo poco que la relación con el edificio judicial de al lado, tan presente en las noticias, hace pensar en la iglesia que tiene pegada, con dos monarcas enterrados a apenas unos metros de donde se dictan algunas de las sentencias más importantes del país.
Capilla del Obispo, el secreto renacentista de La Latina
Detrás de la iglesia de San Andrés, en la plaza de la Paja, hay una capilla gótica y renacentista que la mayoría de la gente de Madrid ni siquiera sabe que existe, y eso que llevan pasando por delante de su escalinata toda la vida. Su nombre oficial es Capilla de Nuestra Señora y San Juan de Letrán, aunque todo el mundo la conoce como Capilla del Obispo, iba a albergar la tumba de San Isidro pero terminó siendo panteón de la familia Vargas Carvajal. Dentro guarda un retablo tallado por Francisco Giralte a mediados del siglo XVI, considerado una de las obras cumbre del Renacimiento escultórico español, y los sepulcros de alabastro del obispo de Plasencia y sus padres.
El motivo por el que tan poca gente la conoce es sencillo: la cuida una comunidad de monjas de clausura, las Hermanitas del Cordero, y las visitas están limitadas a horarios muy concretos, normalmente antes o después de sus rezos. No es una iglesia pensada para el turismo de paso, y probablemente esa sea la razón exacta por la que ha sobrevivido casi intacta desde el siglo XVI.
Ocho iglesias, ocho historias completamente distintas, y ninguna necesita cola ni entrada con horario cerrado para visitarse (salvo, con matices, la última). Si algo tienen en común, más allá de estar todas dentro del mismo puñado de kilómetros cuadrados, es que ninguna depende de ser la más famosa para merecer que entres. La próxima vez que cruces alguna calle del centro con prisa, quizá merezca la pena mirar un segundo más de lo habitual lo que hay a los lados.
Los horarios de visita de este artículo corresponden a mediados de 2026 y pueden variar según la parroquia y la época del año; conviene confirmar antes de ir si el plan depende de entrar concretamente ese día.
Este artículo forma parte del Journal de CLUB 28 — crónicas y guías de Madrid contadas desde dentro.