Miles de fotos de Madrid tienen el mismo fondo: la columnata semicircular que se refleja en el agua del Estanque del Retiro, con la estatua ecuestre en el centro. Pocas de esas fotos mencionan que, siglos antes de que existiera ese monumento, el mismo estanque servía para que la realeza española simulara batallas navales completas, con barcos de verdad, para su propio entretenimiento, algo que hoy resulta casi imposible de imaginar viendo el ambiente relajado que reina allí cada fin de semana.
Esta es la historia real del rincón más fotografiado del parque más visitado de Madrid, desde sus orígenes en el siglo XVII hasta el monumento que hoy todo el mundo reconoce sin saber muy bien su historia, ni el motivo exacto por el que se construyó donde se construyó.
De estanque real a escenario de batallas navales
El origen del estanque se remonta al siglo XVII, durante el reinado de Felipe IV, cuando se construyó como parte de los jardines del Palacio del Buen Retiro. Contaba entonces con una isla artificial en su centro, y sirvió como escenario para naumaquias, recreaciones de batallas navales a pequeña escala organizadas con gran boato y despliegue de medios, y todo tipo de escenografías teatrales organizadas para el disfrute exclusivo de la corte. Nada de esto era simbólico: se trataba de espectáculos reales con embarcaciones auténticas navegando por el agua, algo difícil de imaginar hoy viendo el mismo estanque lleno de barcas de alquiler y turistas haciéndose fotos, sin ninguna guerra fingida a la vista.
El embarcadero que desapareció bajo el monumento
En 1817, durante el reinado de Fernando VII, se construyó el Embarcadero Real justo donde hoy se levanta el monumento a Alfonso XII, un punto que aparece representado en pinturas de la época mostrando al propio Fernando VII paseando en falúa junto a su esposa, la reina Isabel de Braganza. Hacia finales del siglo XVIII, las aguas ya habían cubierto por completo la isla artificial original, un cambio que fue transformando poco a poco la fisonomía del estanque hasta la que conocemos hoy, sin que quedara ningún rastro visible de aquella isla que durante décadas fue el centro de todos los espectáculos organizados allí.
Un monumento pensado por una reina viuda
La reina regente María Cristina de Habsburgo-Lorena, viuda de Alfonso XII, propuso en 1901 levantar un gran monumento en memoria de su marido, fallecido años antes. En 1902 se convocó un concurso nacional que ganó el arquitecto catalán José Grases Riera, autor también del Palacio de Longoria, uno de los edificios modernistas más singulares de la ciudad. Grases Riera murió antes de completar la obra, y el proyecto lo terminó el arquitecto Teodoro Anasagasti sin introducir cambios sobre el diseño original. Financiado íntegramente por suscripción popular, el monumento a Alfonso XII se inauguró el 22 de julio de 1922, dos décadas después del concurso inicial, con el propio hijo del homenajeado, Alfonso XIII, presidiendo la ceremonia, un plazo de ejecución que hoy resultaría impensable para cualquier obra pública de la ciudad.
Veinte escultores para un solo monumento
La estructura combina granito, mármol, piedra de Colmenar y bronce, con una columnata semicircular de 86 metros de largo y 30 de altura. En el centro, la estatua ecuestre de Alfonso XII, obra de Mariano Benlliure, corona el conjunto, mientras que una gran escalinata desciende desde la plataforma hasta la orilla del agua, convertida hoy en uno de los puntos favoritos de la ciudad para ver el atardecer. En la cara interior, orientada hacia el estanque, se representan en bronce cuatro alegorías: Las Ciencias, La Agricultura, Las Artes y La Industria, obra de cuatro escultores distintos. En total, más de veinte artistas participaron en las esculturas repartidas por todo el monumento, entre ellas leones en la parte alta de cinco pedestales y sirenas montadas sobre animales marinos en la parte baja, un despliegue escultórico que pocos madrileños se paran a examinar con calma, a pesar de cruzarlo cientos de veces a lo largo de los años, casi siempre de camino a otro punto del parque.
El rey pacificador
La inscripción que puede leerse en la placa del monumento resume la intención con la que se concibió: "A S.M. Alfonso XII, el Pacificador". El autor del proyecto quiso retratar deliberadamente a un rey joven y no beligerante, en un momento en que la memoria colectiva de las guerras del siglo XIX todavía pesaba sobre buena parte de la sociedad española. No es casualidad que el homenaje eligiera esa palabra concreta en lugar de cualquier otra vinculada al poder militar o territorial, tan habitual en monumentos reales de la misma época en el resto de Europa, donde lo común era exaltar la fuerza militar del monarca de turno antes que su capacidad de pacificación.
El estanque no está solo en el parque
El Estanque Grande es, con diferencia, el más conocido de El Retiro, pero no el único que merece atención, y probablemente tampoco el más tranquilo de todos, a pesar de ser el que sale en todas las fotografías y guías turísticas de la ciudad sin excepción. A pocos minutos a pie, el Palacio de Cristal, construido en 1887 para una exposición de flora y fauna filipina, se refleja en su propio estanque menor, con un ambiente mucho más recogido y sin ni rastro de las barcas de remo que llenan el estanque principal cada fin de semana de buen tiempo. La comparación entre ambos rincones, uno bullicioso y fotografiado hasta la saciedad, el otro discreto y casi silencioso a pesar de estar dentro del mismo parque, resume bastante bien la doble personalidad de El Retiro: sitio de multitudes y sitio de refugio, según en qué esquina exacta decidas pararte, sin necesidad siquiera de salir del recinto para pasar de uno a otro en cuestión de minutos.
Cómo visitarlo hoy
El estanque sigue siendo, junto al Palacio de Cristal y la Rosaleda, uno de los puntos más visitados de todo El Retiro, con alquiler de barcas de remo disponible durante buena parte del año, especialmente popular en primavera y verano, en la línea de otros espacios verdes de Madrid que también merecen su propia visita con calma. El acceso al mirador situado en lo alto del monumento a Alfonso XII, con vistas privilegiadas sobre el parque y buena parte de la ciudad, suele estar sujeto a horarios concretos y a veces requiere reserva previa o acompañamiento autorizado, así que conviene confirmar la disponibilidad antes de subir con ese plan concreto en mente, sobre todo si el objetivo principal de la visita es precisamente disfrutar de esas vistas.
Un estanque que empezó siendo el escenario de guerras de mentira para entretenimiento de la corte, y que terminó convertido en el mirador tranquilo donde media ciudad se sienta a ver caer la tarde. Pocos rincones de Madrid han cambiado tanto de función sin perder ni un ápice de protagonismo, ni una sola línea de la fama que arrastra desde hace más de un siglo.
El acceso al mirador del monumento y los horarios de alquiler de barcas pueden variar según la época del año; conviene confirmar antes de planear la visita con ese objetivo concreto.
Este artículo forma parte del Journal de CLUB 28 — crónicas y guías de Madrid contadas desde dentro.