Miles de madrileños cruzan cada semana la estación de Atocha camino del trabajo, sin entrar nunca en el edificio antiguo que hay justo al lado de los andenes modernos, donde crece un jardín tropical de 4.000 metros cuadrados con tortugas, palmeras y más de un siglo de historia debajo de la estructura de hierro, gratis y abierto casi todo el día.
Esta es la historia real de la estación con más tráfico de pasajeros de toda España, desde el incendio que la destruyó hasta el jardín que hoy ocupa su antigua nave, pasando por una confusión de nombres que merece la pena aclarar antes de seguir leyendo cualquier otra cosa sobre la arquitectura de esta ciudad.
Del incendio al edificio que hoy conocemos
La primera estación en este emplazamiento, entonces llamada Embarcadero de Atocha, se inauguró el 9 de febrero de 1851, construida por la compañía del Ferrocarril de Madrid a Zaragoza y Alicante. Fue la primera estación de tren de la ciudad, con el primer trayecto saliendo hacia Aranjuez, el mismo recorrido que hoy recuerda el histórico Tren de la Fresa, todavía en marcha más de siglo y medio después en fechas señaladas del año. La noche del 24 al 25 de febrero de 1864, un incendio destruyó buena parte de aquella estructura original, obligando a una reconstrucción casi completa. El edificio que hoy conocemos, con su característica cubierta de hierro y cristal, se levantó entre 1888 y 1892, obra del arquitecto e ingeniero Alberto de Palacio, colaborador directo de Gustave Eiffel. Se inauguró la noche del 8 de diciembre de 1892 con un banquete para 1.370 militares, entre generales, jefes y oficiales del Arma de Infantería, y desde entonces se conoció popularmente como Estación del Mediodía, por dar servicio a las líneas hacia el sur del país, un nombre que fue quedando en desuso a medida que pasaban las décadas.
Ojo, no es el mismo Palacio que ya conoces
Aquí conviene hacer una aclaración que genera confusión con facilidad: el arquitecto de Atocha, Alberto de Palacio, no tiene ninguna relación con Antonio Palacios, el autor de la Casa Palazuelo, el Palacio de Cibeles y buena parte de las estaciones del metro madrileño. Son dos apellidos casi idénticos, dos arquitectos distintos, activos en generaciones y proyectos completamente diferentes de la ciudad. Es fácil que ambos nombres se mezclen en la cabeza de cualquiera que lea sobre arquitectura madrileña sin prestar atención al detalle, así que merece la pena dejarlo claro desde el principio.
De vías de tren a jardín tropical
Entre 1985 y 1992, el arquitecto Rafael Moneo, junto a José Miguel León, acometió la gran remodelación que convirtió a Atocha en la terminal que conocemos hoy, preparada para recibir los primeros trenes de alta velocidad. La antigua nave de andenes, la que había servido de embarcadero desde el siglo XIX, dejó de recibir trenes y se transformó en un invernadero de estructura de hierro y cristal original, reaprovechando la cubierta decimonónica en lugar de sustituirla. Fue una decisión poco habitual para la época: en vez de demoler la estructura histórica para hacer sitio a más vías, se decidió reconvertirla por completo y mantenerla como corazón verde de la nueva estación, una apuesta que en su momento generó cierto escepticismo y que hoy se considera uno de los aciertos más celebrados de toda la remodelación.
Lo que hay dentro del jardín hoy
El jardín ocupa 4.000 metros cuadrados bajo la cubierta original, con más de cien especies de plantas procedentes de América, Asia y Oceanía, entre ellas unas setenta palmeras de distintos tamaños. En el centro, un estanque reúne peces y una notable población de tortugas, que ha crecido con los años por un motivo bastante menos idílico de lo que parece: buena parte de esas tortugas llegaron ahí porque algún propietario particular decidió abandonarlas en el estanque en lugar de seguir cuidándolas en casa, una práctica que desde el propio jardín se pide expresamente que no se repita, aunque sigue ocurriendo con cierta regularidad. El ambiente cálido y húmedo, necesario para las plantas tropicales, hace que pasear por dentro pueda resultar sofocante en los días de más calor, un pequeño precio a pagar por tener semejante jardín escondido en pleno centro de la ciudad.

El nombre que lleva hoy
Desde hace unos años, la estación completa lleva el nombre oficial de Estación de Madrid Puerta de Atocha - Almudena Grandes, en homenaje a la escritora madrileña, aunque en el habla cotidiana casi nadie usa el nombre completo y todo el mundo sigue llamándola simplemente Atocha, como se ha hecho durante más de siglo y medio. Es un patrón que se repite bastante en Madrid: nombres oficiales que cambian sobre el papel, mientras la calle sigue usando el de siempre, sin que a nadie parezca importarle demasiado la diferencia entre uno y otro.
La estación más transitada de España
Además de su jardín, Atocha sostiene hoy el título de estación con mayor tráfico de pasajeros de todo el país, un puesto que ocupa desde hace años gracias a su papel como nudo central de las líneas de alta velocidad, Cercanías y Media Distancia que conectan Madrid con el resto de España. Miles de personas la atraviesan cada día sin detenerse un segundo más de lo necesario, corriendo entre andenes con la maleta a rastras o mirando el móvil para no perder el tren, y probablemente por eso mismo el jardín tropical sigue siendo, para tanta gente, un secreto a voces: algo que todos han visto de reojo alguna vez, pero que muy pocos se han parado a recorrer con calma.
Cómo visitarlo
El jardín tropical es de acceso gratuito, y la estación mantiene un horario muy amplio, desde las 5:00 de la madrugada hasta la 1:00 de la noche, lo que permite visitarlo casi a cualquier hora del día sin necesidad de tener billete de tren. Está situado junto a las taquillas de Renfe, en el antiguo edificio de viajeros, en la plaza del Emperador Carlos V. Conviene tener en cuenta que el jardín puede cerrarse temporalmente por obras de mantenimiento en determinados periodos, así que si el plan depende de verlo en una fecha concreta, merece la pena confirmar antes que sigue abierto, sobre todo si el viaje se organiza expresamente en torno a esa visita.
Una estación que ha sobrevivido a un incendio, a dos reconstrucciones completas y a un cambio de nombre oficial, y que sigue escondiendo, bajo su cubierta de hierro más antigua, un jardín que la mayoría de madrileños ha visto pasar de largo alguna vez sin pararse a entrar. La próxima vez que tengas que coger un tren desde ahí, con margen de sobra antes de la salida, quizá merezca la pena cruzar hasta el otro lado y ver de cerca lo que llevas años cruzando por fuera, sobre todo si nunca has entrado del todo y solo lo conoces de pasada, entre andén y andén.
El horario y las condiciones de acceso al jardín tropical pueden variar por obras de mantenimiento; conviene confirmar en la web oficial de Adif antes de una visita planificada expresamente para verlo.
Este artículo forma parte del Journal de CLUB 28 — crónicas y guías de Madrid contadas desde dentro.