Hay edificios que no necesitan estar en el centro geográfico de una ciudad para convertirse en su símbolo. La Torre de Madrid, en pleno corazón de la Plaza de España, es uno de ellos: durante casi tres décadas fue el edificio más alto de toda España, y todavía hoy sigue siendo una de las siluetas más reconocibles del horizonte madrileño.
Pocos edificios de mediados del siglo XX en España combinan tan bien la ambición arquitectónica de su época con una segunda vida contemporánea tan activa. La torre no es una reliquia congelada en el tiempo, sigue habitada, sigue recibiendo huéspedes, y sigue formando parte del día a día de la ciudad, no solo de sus postales.
Un encargo que nació del éxito de su vecino
La Torre de Madrid no habría existido, al menos no en la forma en que la conocemos, sin el éxito comercial de su vecino, el Edificio España. La misma promotora, la Compañía Inmobiliaria Metropolitana, y los mismos arquitectos, los hermanos Julián y José María Otamendi, repitieron fórmula pocos años después de terminar aquel primer rascacielos, construido entre 1948 y 1953. La Torre de Madrid se levantó entre 1954 y 1960, superando en altura a su hermano mayor por unos 25 metros.
El resultado, con sus 142 metros y 32 plantas, se convirtió durante la década de los sesenta en el edificio de hormigón más alto del mundo y en el rascacielos más alto de España, un título que mantuvo hasta 1985. En Europa, solo un edificio le superaba en altura en el momento de su finalización.
Una pequeña ciudad dentro de un edificio
El proyecto original de los hermanos Otamendi era mucho más ambicioso de lo que hoy asociamos con un edificio de viviendas y oficinas. La torre estaba pensada como una comunidad autosuficiente, con hasta 500 tiendas, un hotel, numerosas galerías comerciales e incluso un cine propio. Se equipó con doce ascensores del modelo más avanzado de la época, capaces de moverse a tres metros y medio por segundo, una velocidad que en 1960 resultaba extraordinaria y que convertía el simple hecho de subir a las últimas plantas en toda una experiencia.
En su momento, el edificio supuso una auténtica revolución para Madrid, tanto por su modernidad como por su equipamiento técnico. No era solo el edificio más alto de la ciudad, era un símbolo de la modernización que España empezaba a vivir, aunque el país siguiera atravesando los años más duros de la posguerra. Actores y personajes conocidos de la época pasaron por sus locales comerciales y por la vida social que se organizaba a su alrededor, consolidando su fama mucho más allá de lo puramente arquitectónico.
La transformación del siglo XXI
Tras décadas de uso residencial y de oficinas, la Torre de Madrid pasó por una importante rehabilitación interior y exterior en 2012. La parte central y superior del edificio, entre los pisos 15 y 34, se destinó a viviendas particulares en régimen de comunidad de propietarios, mientras que la parte baja se reconvirtió en un hotel de cinco estrellas, el Barceló Torre de Madrid, inaugurado años después con diseño de interiores firmado por Jaime Hayón. Su restaurante panorámico, con vistas a la Gran Vía, y su bar en planta baja se han convertido en referencia de ocio y gastronomía en la zona, atrayendo tanto a huéspedes del hotel como a madrileños que buscan una copa con vistas sin tener que reservar mesa en un restaurante de precio elevado.
Esta doble vida, mitad vivienda privada, mitad hotel de lujo, es poco habitual entre los grandes rascacielos históricos de las capitales europeas, la mayoría de los cuales suelen decantarse por un único uso.
Plaza de España, el escenario que la rodea
La Torre de Madrid no se entiende sin la plaza que la enmarca. La Plaza de España, situada en el cruce de la Gran Vía y la calle de Princesa, tiene un origen que se remonta al siglo XVIII, durante el reinado de Felipe V, aunque su fisonomía actual es fruto de las sucesivas transformaciones urbanísticas del siglo XIX y XX. En el centro de la plaza se levanta el Monumento a Miguel de Cervantes, cuya construcción comenzó en 1925, con las figuras de Don Quijote y Sancho Panza a los pies del homenaje al escritor, en una de las estampas más fotografiadas de la ciudad y punto de encuentro habitual para quien queda con amigos antes de bajar hacia Gran Vía.
Entre 2019 y 2021, la plaza vivió un ambicioso proyecto de renovación que amplió sus zonas verdes, mejoró la accesibilidad peatonal y reforzó la conexión con los barrios colindantes, entre ellos Argüelles, del que la propia Torre de Madrid forma parte administrativamente, según la delimitación oficial de barrios y distritos de la ciudad.
Un skyline que sigue siendo objeto de debate urbanístico
Durante décadas, la Torre de Madrid y el Edificio España fueron sinónimo de modernidad y progreso. Con el paso del tiempo, ambos edificios han pasado por procesos de reforma que han generado opiniones encontradas entre quienes defienden la conservación estricta del patrimonio original de los años cincuenta y quienes ven en estas rehabilitaciones una forma necesaria de mantener vivos edificios que, de otro modo, correrían el riesgo de quedar obsoletos o infrautilizados.
Lo que no genera debate es su valor como referencia visual de la ciudad. Pocos madrileños necesitan que les señalen la Torre de Madrid para reconocerla, y su silueta aparece de forma recurrente en postales, fotografías turísticas y en el imaginario colectivo de cómo es Madrid visto desde la distancia.
Cómo verla y visitarla
La forma más sencilla de llegar es a través de la parada de metro Plaza de España, servida por las líneas 3, 2 y 10, que conecta este punto con buena parte de la ciudad en pocos minutos. Desde ahí, basta con cruzar la plaza para tener la Torre de Madrid justo enfrente, junto al Edificio España.
Para quien quiera algo más que una foto desde abajo, el restaurante panorámico del hotel Barceló Torre de Madrid ofrece una de las mejores vistas de la Gran Vía desde altura, una alternativa a los miradores más conocidos de la ciudad que muchos visitantes desconocen por completo. Combinar la visita con un paseo por los jardines renovados de la plaza y una parada frente al Monumento a Cervantes completa un recorrido corto pero que resume bien varias décadas de la historia arquitectónica reciente de Madrid.
Vale la pena visitar la zona tanto de día, cuando la luz resalta el contraste entre la piedra caliza y el ladrillo del Edificio España y la fachada más lisa de la Torre, como al atardecer, cuando ambos edificios se iluminan y se convierten en uno de los fondos favoritos para fotografía nocturna de toda la ciudad. La combinación de ambos rascacielos, vistos juntos desde la plaza, sigue siendo una de las postales más repetidas de Madrid, y con razón.
La Torre de Madrid, en definitiva, no es solo un edificio alto en una plaza concurrida. Es el testigo de una época en la que la ciudad empezó a mirar hacia arriba, y sigue siendo, más de sesenta años después de su inauguración, una de las piezas que mejor explican cómo Madrid decidió construir su propia versión de la modernidad.
Este artículo forma parte del Journal de CLUB 28, crónicas y guías de Madrid contadas desde dentro.