Parque del Oeste: templo egipcio, guerra y teleférico

Parque del Oeste: templo egipcio, guerra y teleférico

La mayoría de la gente que visita el Parque del Oeste va directa al teleférico o al Templo de Debod para ver el atardecer, sin saber que ese mismo terreno ha sido, en apenas un siglo, escenario de fusilamientos históricos, trincheras de guerra y un jardín de rosas que compite con los de París y Roma. Casi 100 hectáreas donde se superponen más capas de historia de las que sugiere un paseo rápido con el móvil en la mano, buscando el mejor ángulo para la foto del atardecer.

Esta es la historia completa, desde su construcción en 1893 hasta el teleférico que casi no llega a inaugurarse a tiempo, pasando por un episodio que Goya terminó pintando en uno de los cuadros más conocidos de la historia del arte español.

Un parque construido en dos fases

El origen del parque se remonta a 1893, con una primera fase que se completó en 1905 y cubrió unas 80 de las casi 100 hectáreas actuales. La ampliación llegó en 1906, extendiendo el trazado hasta la zona donde entonces se levantaba el Cuartel de la Montaña. El diseño corrió a cargo de Celedonio Rodrigáñez, ingeniero agrónomo y director de Jardines y Plantíos del Ayuntamiento, con un trazado de jardín inglés, caminos curvos y fuertes desniveles que siguen definiendo el paseo hoy, más de un siglo después de que se trazaran las primeras avenidas.

El lugar donde Goya pintó "El tres de mayo"

Pocos visitantes saben que el extremo sur del parque, donde hoy se levanta el Templo de Debod, fue el emplazamiento del antiguo Cuartel de la Montaña, y que el 3 de mayo de 1808, durante la ocupación francesa, las tropas napoleónicas fusilaron allí a 43 madrileños detenidos tras el levantamiento del día anterior. Ese mismo episodio es el que Francisco de Goya inmortalizó años después en su cuadro más conocido, pintado a partir de los relatos de lo ocurrido en este punto exacto de la ciudad, mucho antes de que existiera ningún parque en ese solar. Más de un siglo después, en 1936, el mismo cuartel volvió a ser escenario de un episodio histórico, cuando los madrileños lo asaltaron en busca de armas para defenderse del ejército sublevado al inicio de la Guerra Civil, cerrando así un círculo de más de un siglo entre dos levantamientos separados por generaciones enteras.

Trincheras bajo el césped

La Guerra Civil dejó heridas profundas en todo el parque, especialmente durante la batalla de la Ciudad Universitaria, que se libró en gran parte dentro de sus límites. Se abrieron trincheras y se construyeron búnkeres, algunos de los cuales siguen ocultos bajo tierra hoy en día, y todavía se conservan tres fortines para ametralladoras utilizados durante el conflicto, restos que la mayoría de quienes pasean por el parque nunca llegan a identificar como tales. Terminada la contienda, el jardinero mayor Cecilio Rodríguez, sucesor de Rodrigáñez en el cargo, se encargó de reconstruir buena parte del parque, borrando poco a poco las cicatrices más visibles de la guerra sin llegar a eliminarlas del todo bajo la superficie.

Un templo egipcio en pleno Madrid

Sobre el mismo solar del antiguo cuartel se levanta hoy el Templo de Debod, un templo egipcio del siglo II antes de Cristo, regalo del gobierno de Egipto a España en agradecimiento por la ayuda técnica prestada durante la construcción de la presa de Asuán, que amenazaba con inundar el yacimiento original. Se desmontó pieza a pieza, se trasladó y se reconstruyó en Madrid entre 1970 y 1972, convirtiéndose en uno de los pocos templos egipcios completos que se pueden visitar fuera de Egipto, un caso prácticamente único en toda Europa occidental. Hoy es, junto con el atardecer que se ve desde su explanada, la imagen más repetida en redes sociales de todo el parque, hasta el punto de que muchos visitantes desconocen por completo el resto de la historia que rodea el mismo terreno.

La rosaleda que compite con París

En el extremo sur, la Rosaleda Ramón Ortiz, aunque todo el mundo la conoce simplemente como la Rosaleda del Parque del Oeste, ocupa entre 30.000 y 32.000 metros cuadrados protegidos por una verja, con una entrada decorada con banderas de distintos países. La diseñó en 1955 el jardinero municipal Ramón Ortiz, inspirándose en las rosaledas de París, Ginebra y Roma, y desde 1956 acoge cada año el Concurso Internacional de Rosas Nuevas de la Villa de Madrid, un certamen que ha convertido este rincón concreto del parque en un destino propio dentro del destino más amplio, sobre todo durante las semanas de floración de primavera, cuando cientos de variedades distintas cubren el recinto de color y aroma casi al mismo tiempo.

El teleférico que casi no llega a tiempo

Construido por la empresa suiza Von-Roll, el Teleférico de Madrid se inauguró el 26 de junio de 1969, con varias semanas de retraso sobre la fecha prevista inicialmente, que coincidía con las fiestas de San Isidro, porque algunos vecinos de la zona presentaron quejas alegando que la instalación invadía la intimidad de sus viviendas, un conflicto que retrasó la apertura mucho más de lo que nadie esperaba en un primer momento. Con capacidad para 1.200 pasajeros por hora y una velocidad de 3,5 metros por segundo, el trayecto completo dura unos once minutos, sobrevolando el río Manzanares desde Argüelles hasta las colinas de la Casa de Campo, con vistas que en un día despejado alcanzan la Plaza de España, el Palacio Real y la catedral de la Almudena, un recorrido que sigue siendo, más de cinco décadas después, una de las formas más singulares de ver la ciudad desde las alturas.

Un paseo que cambia según la hora del día

El parque se vive de forma completamente distinta según el momento en que se visite. Por la mañana, sobre todo entre semana, predominan los corredores y la gente mayor del barrio dando su paseo habitual, en un ambiente tranquilo y casi silencioso. Al atardecer, la explanada del templo egipcio se llena de gente esperando la puesta de sol, formando una especie de ritual colectivo espontáneo que se repite cada tarde despejada del año. Y durante los fines de semana de primavera, el jardín de rosas concentra a buena parte de los visitantes que buscan fotografiar las variedades en flor antes de que termine la temporada, mientras el resto del parque queda relativamente despejado en comparación.

Quien busque evitar las horas de más afluencia puede optar por una visita a primera hora, cuando el parque abre sin apenas gente y el silencio permite apreciar mejor tanto la vegetación como los restos de las antiguas fortificaciones, si se sabe exactamente dónde buscarlos entre la maleza.

Un parque que empezó como jardín de esparcimiento para los madrileños de principios del siglo XX, sobrevivió a una guerra que dejó trincheras bajo su césped, y hoy combina un templo egipcio, un teleférico suizo y una rosaleda de fama internacional en el mismo paseo. Pocos espacios verdes de la ciudad concentran tantas capas de historia distinta en un recorrido que se puede completar en una sola tarde, sin necesidad de organizar visitas separadas para cada uno de sus rincones.

Los horarios del teleférico son estacionales y pueden cerrarse por viento o tormenta; conviene confirmar disponibilidad antes de planear la visita expresamente en torno a él.

Este artículo forma parte del Journal de CLUB 28 — crónicas y guías de Madrid contadas desde dentro.