Cortylandia: la historia detrás del clásico de Madrid

Cortylandia: la historia detrás del clásico de Madrid

Hay pocos espectáculos gratuitos en Madrid que lleven más de cuatro décadas seguidas convocando a miles de familias en la misma esquina, cada diciembre, sin apenas cambiar de fórmula. Cortylandia es uno de ellos, y su historia empieza no como un plan navideño pensado para el público, sino como una estrategia de marketing para dar a conocer la ampliación de un edificio, algo que casi nadie recuerda cuando hace cola para verlo cada año.

Esta es la historia real de cómo un escaparate se convirtió en tradición, y de lo que hay detrás de ese tren que todo el mundo reconoce con solo escuchar la música, incluso sin haber pisado nunca la calle Preciados en diciembre, ni saber muy bien de dónde viene esa melodía tan familiar.

De un escaparate ampliado a una tradición de la ciudad

En 1979, El Corte Inglés amplió su edificio de la calle Preciados y necesitaba una forma de darlo a conocer al público madrileño. La idea, surgida dentro del propio departamento artístico de la empresa, fue recrear a pequeña escala las atracciones de Disney World en la fachada del centro comercial, con figuras animadas, música y una historia navideña que cambiara cada año. Nadie en ese momento podía imaginar que aquel montaje puntual se convertiría, edición tras edición, en uno de los símbolos más reconocibles de la Navidad en Madrid, con canción propia incluida, ni que casi cinco décadas después seguiría reuniendo a familias enteras delante de la misma fachada.

Con el paso de los años, además, el formato dejó de ser exclusivo de Madrid: distintas instalaciones han ido rotando también por otros centros de El Corte Inglés repartidos por España, aunque ninguna ha alcanzado nunca la popularidad ni el peso simbólico del montaje original de la calle Preciados, que sigue siendo, para la inmensa mayoría de la gente, el único Cortylandia de verdad.

Cómo se construye un Cortylandia, mes a mes

Lo que se ve en diciembre es el resultado de casi un año entero de trabajo, algo que la mayoría del público que hace cola frente a la fachada nunca llega a imaginar. Todo empieza con la elección del tema y un boceto inicial de la historia que se quiere contar ese año. Hacia el mes de agosto arranca el modelado de los personajes, más de veinte figuras por edición, con una estructura metálica interior recubierta de porexpan, el material que les da su volumen característico. En paralelo se diseñan los movimientos y las articulaciones de cada muñeco, capaces de realizar hasta cuarenta movimientos distintos entre todos, y se planifica la iluminación que después convierte la fachada en un cuadro de luz por la noche. Los últimos meses del año se dedican al montaje, al transporte de los muñecos y del andamiaje hasta la fachada, y a las pruebas finales antes de la inauguración oficial, un proceso que exige una coordinación casi de producción cinematográfica para que todo esté listo el mismo día cada temporada.

La canción que nadie puede quitarse de la cabeza

Cada edición estrena una historia y unas canciones propias, adaptadas al cuento navideño de ese año, pero hay un estribillo final que jamás falta: una melodía pegadiza que invita a cantar juntos y celebrar la llegada de la Navidad, coreada cada año por padres e hijos por igual, y que forma parte del imaginario colectivo de varias generaciones de madrileños. La responsabilidad musical del espectáculo recayó originalmente en un compositor concreto, y hoy es su propio hijo quien continúa poniendo música a cada nueva edición, una continuidad familiar que pocos espectáculos navideños de cualquier ciudad pueden presumir de mantener. Ese detalle, más que cualquier otro, explica por qué la banda sonora de Cortylandia mantiene un aire de familia reconocible edición tras edición, aunque la historia cambie por completo cada año.

El año que no hubo Cortylandia

En más de cuatro décadas de historia, solo hubo una interrupción real: la Navidad de 2020, en plena pandemia, cuando las restricciones sanitarias impidieron el montaje habitual de figuras animadas. Ese año, en lugar del espectáculo tradicional, la fachada se limitó a mostrar un cartel luminoso deseando felices fiestas, sin música ni movimiento. Fue el único hueco en el calendario desde 1979, y probablemente ayudó a que, al año siguiente, el regreso del espectáculo se viviera con más emoción de la habitual entre quienes llevaban toda la vida acudiendo cada diciembre, como si la pausa forzosa hubiera recordado a toda la ciudad cuánto se echaba de menos algo que hasta entonces parecía garantizado sin más.

Cómo verlo hoy

El espectáculo se instala en la fachada de El Corte Inglés que da a la calle Maestro Victoria, a espaldas de la calle Preciados, muy cerca de la Puerta del Sol y de las iglesias del centro que casi nadie visita. Las paradas de metro más próximas son Sol, Callao y Gran Vía, todas a pocos minutos a pie. Las fechas exactas varían cada año, pero suelen ir desde finales de noviembre hasta el 5 de enero, coincidiendo con el encendido de las luces navideñas de la ciudad y cerrando justo antes de la Cabalgata de Reyes. Los pases son gratuitos, duran unos quince minutos, y se repiten varias veces al día tanto por la mañana como por la tarde, aunque con horario algo reducido los días 24 y 31 de diciembre. Si puedes elegir, la sesión de noche suele ser la más vistosa, gracias al contraste de la iluminación sobre la fachada oscurecida, aunque también es cuando más gente se concentra frente al escenario, así que conviene llegar con margen si vas con niños pequeños.

Un escaparate que nació para vender metros cuadrados de un edificio ampliado, y que cuarenta y siete años después sigue parando en seco a miles de familias en pleno centro de Madrid cada diciembre. Pocas estrategias de marketing han sobrevivido tanto tiempo convertidas en algo que la ciudad entera siente como propio, sin que a nadie le importe ya de dónde salió la idea originalmente.

Por qué ha durado casi cinco décadas sin perder fuelle

Hay espectáculos navideños que se estrenan con fuerza y desaparecen en pocos años, y Cortylandia ha hecho justo lo contrario: mantener casi intacta su fórmula original durante casi medio siglo, sin necesitar reinventarse del todo cada temporada. Cada edición cambia de historia, de personajes y de canción, pero conserva algo que no se toca nunca: la estructura del propio espectáculo, la ubicación en la misma fachada, y ese estribillo final que convierte cada pase en un momento colectivo, no solo en un escaparate bonito para hacer fotos.

Esa mezcla de renovación anual y continuidad de fondo es, probablemente, la razón por la que varias generaciones de una misma familia pueden acudir juntas cada diciembre sin que nadie sienta que está repitiendo exactamente lo mismo que vio de pequeño, y sin que tampoco sienta que ha perdido del todo aquello que recordaba. Pocas tradiciones consiguen ese equilibrio tan exacto durante tanto tiempo seguido, año tras año, sin que el público llegue nunca a cansarse del todo del formato.

Las fechas y horarios de Cortylandia cambian cada año; este artículo describe el formato habitual, pero conviene confirmar la edición concreta en la web oficial de El Corte Inglés o de esmadrid.com antes de planear la visita.

Este artículo forma parte del Journal de CLUB 28 — crónicas y guías de Madrid contadas desde dentro. Foto: Palivanna, 31 de diciembre de 2018.