Hay calles que caminas cien veces sin preguntarte por qué se llaman como se llaman, y la del Pez es de esas, al menos hasta que alguien te cuenta la historia y ya no puedes volver a cruzarla sin pensar en ella. Va desde la Corredera Baja de San Pablo hasta la calle San Bernardo, en pleno Malasaña, y durante años ha sido, según quien cuente la historia del barrio, una de las vías con más carácter propio de todo el antiguo barrio de Maravillas, el nombre que tuvo esta zona antes de que la Movida madrileña le diera la identidad que conserva hoy.
Lo curioso es que ni siquiera se llamó siempre así, y el motivo del cambio de nombre tiene más que ver con un cura del siglo XVIII y una fuente que se secó que con ningún pez de verdad nadando por Malasaña. Como pasa con muchas calles del centro de Madrid, el nombre oficial y el nombre real de la calle, el que usa la gente que la vive, no siempre han sido el mismo a lo largo de los siglos.
De la Fuente del Cura al Pez
Hasta finales del siglo XVII, la calle se conocía como calle de la Fuente del Cura, porque en ese terreno vivía un sacerdote llamado Don Diego Enríquez, dueño de una gran finca con jardines y una fuente de agua cristalina. Cuando Juan Coronel compró el terreno para construir su vivienda, el agua de la fuente fue desapareciendo poco a poco, y con ella los peces que la habitaban. La leyenda cuenta que la gente empezó a llamar a la calle "donde hay un pez", en referencia a la figura del animal que se conservó en la fachada de la nueva casa, y de ahí quedó, sin que nadie lo decidiera oficialmente, calle del Pez. Hoy esa figura sigue estando a la altura del número 24, aunque la casa que la sostiene ya no es la original, algo que casi ningún vecino actual sabe cuando pasa por delante camino del trabajo.
Una calle que ha salido más veces en pantalla de las que crees
La calle del Pez tiene un historial cinematográfico que sorprende para lo estrecha que es. Alejandro Amenábar rodó aquí escenas de "Abre los ojos" en 1997, concretamente en el bar El Palentino, el mismo local donde Manu Chao grabó el videoclip de "Me llaman calle" y donde también filmó Siniestro Total. Años después, Fernando León de Aranoa volvió a usar la calle para rodar partes de "Princesas", y más recientemente Álex de la Iglesia eligió de nuevo El Palentino para su película "El Bar". Pocas calles de Madrid pueden presumir de haber sido escenario de tantos directores distintos sin cambiar apenas de aspecto entre rodaje y rodaje, algo que dice bastante de lo poco que el propio bar ha necesitado reinventarse para seguir resultando interesante a ojos de quien busca localizaciones.
Da la sensación de que cada generación de cineastas españoles ha necesitado, en algún momento, un bar como El Palentino para contar algo sobre Madrid que no podían contar en un plató, y que esa calle en concreto, con su mezcla de gente mayor y jóvenes, de tradición y ruido nocturno, se ha convertido en una especie de atajo visual para explicar la ciudad sin tener que decir una palabra de más.
También aparece mencionada en la obra de Galdós y Baroja, y ha sido terreno habitual de la música española desde los tiempos de la Movida, cuando estudiantes y libreros, como los de la hoy desaparecida librería La Cervantina, poblaban sus locales comerciales. A pocos metros, en el extremo de la calle, está la iglesia de San Antonio de los Alemanes, una de las pocas plantas ovaladas de Madrid, así que quien visite la calle del Pez tiene, sin saberlo, una de las iglesias más raras de la ciudad a un paso.
La escultura que nadie sabe por qué está ahí
Apoyada contra uno de los muros de la calle hay una figura de bronce, la de una chica joven, que los vecinos llaman "la estudiante más guapa del barrio". No conmemora a nadie en concreto, es un recuerdo de la época en que la calle del Pez era territorio de estudiantes de la cercana universidad, cuando las librerías y no los bares eran el negocio dominante de la zona. Es fácil pasar por delante sin fijarse, apoyada como está entre fachadas y escaparates que compiten por la atención, pero una vez la ves, cuesta no buscarla cada vez que vuelves a pasar, casi como si formara parte del paisaje habitual de cualquiera que viva cerca.
Las fiestas que se organiza la propia calle
Pocas calles de Madrid tienen sus propias fiestas, organizadas por los propios vecinos y sin depender del ayuntamiento del distrito. Las de San Antonio, hacia principios de junio, llevan celebrándose varios años gracias a las asociaciones Esto Es Pez y Vive Malasaña, con más de 40 actividades gratuitas repartidas en tres días: conciertos desde los balcones de la Escuela Superior de Canto, desfiles improvisados, monólogos, un concurso de tortilla de patata y hasta micrófono abierto para talento local. Es de esos planes que ni siquiera sale en las guías turísticas generales de Madrid porque, en el fondo, está pensado para el barrio, no para quien viene de fuera.
Lo que más llama la atención de estas fiestas es que no dependen de ningún presupuesto municipal grande ni de ningún patrocinador con logo visible en cada esquina, sino de la insistencia de un par de asociaciones vecinales que llevan años sacándolas adelante con lo que tienen. En una ciudad donde cada vez más eventos parecen necesitar una marca detrás para existir, que una calle entera se organice sola durante un fin de semana entero dice bastante sobre el carácter del sitio.
Entre lo castizo y lo alternativo, sin decidirse del todo
Lo que más me gusta de la calle del Pez, y lo que la distingue de otras calles de moda del centro, es que nunca ha terminado de elegir bando. Conviven en la misma acera abuelos con el palillo colgando de la boca y jóvenes con gafas de pasta, fruterías de toda la vida junto a tiendas de ropa alternativa, y esa mezcla, lejos de sentirse forzada, es probablemente lo que la mantiene viva después de tantas décadas de cambios de moda a su alrededor. Si tengo que ponerle una pega, es que en los últimos años el precio de los locales ha subido lo suficiente como para que algunos negocios de siempre hayan tenido que cerrar, sustituidos por conceptos más pensados para el turista de fin de semana que para el vecino de siempre, algo que por otro lado le está pasando a buena parte de Malasaña y no es exclusivo de esta calle en concreto.
Aun así, sigue siendo de las pocas calles del barrio donde se nota, caminándola despacio, que la historia no es solo decorativa: está en el nombre, en la escultura apoyada contra el muro, en el bar donde se rodaron tres películas distintas sin que el local cambiara apenas de aspecto entre un rodaje y el siguiente, y en una fiesta que los propios vecinos siguen organizando cada junio sin pedirle permiso a nadie más que a sí mismos. Pocas calles de Madrid pueden decir tanto sobre una ciudad entera con apenas unos cientos de metros de largo.
Los horarios de locales y fechas de fiestas de este artículo corresponden a mediados de 2026; conviene confirmar antes de planear una visita concreta.
Este artículo forma parte del Journal de CLUB 28 — crónicas y guías de Madrid contadas desde dentro.